sábado, 2 de enero de 2016

Los valores escondidos en El puente de los espías

Escena de la película con Marck Rylance y Tom Hanks
El puente de los espías (Bridge of Spies) es una producción norteamericana de 2015(1), basada en hechos reales, que narra como a un abogado neoyorquino, James Donovan, miembro de un prestigioso bufete y especializado en el tema de seguros, se le encarga, en plena Guerra Fría, la defensa del espía soviético Rudolf Abel, detenido en 1957. Poco después del juicio, el 1 de mayo de 1960, un avión espía norteamericano U-2 es derribado en territorio de la Unión Soviética y el piloto Francis Gary Powells capturado, hecho que el gobierno de los Estados Unidos llegó a negar, pero la CIA entra en contacto con Donovan y le encarga la negociación del rescate, para lo cual Donovan se traslada a una Alemania dividida en la que se está levantando el muro de Berlín en 1961.
La crítica cinematográfica la califica desde obra maestra a excelente pero no tanto, un ejercicio de gran cine por parte de un director que sabe narrar y crear clima de forma peculiar y brillante, es seria y apasionante, entretenida a la vez que transmisora de valores que indagan en la humanidad de los héroes. Sobre los valores cinematográficos hay espléndidas críticas que se pueden encontrar en Internet, pero yo quiero resaltar los aspectos que a mí me han gustado más.
Podríamos recrearnos en la reflexión sobre el avasallador poder de lo “políticamente correcto”, ya sea en los capitalistas EE. UU. o en la comunista U.R.S.S, un país con constitución, otro, sin ella, sobre cómo todo el aparato judicial puede sucumbir a la presión de los medios y a la supuesta opinión pública hábilmente conducida desde la cima del sistema. Pese a toda corrupción política y judicial, pese a todo, siempre hay gente que es capaz de ir contra ese “políticamente correcto” porque en su condición humana lleva indeleble el sentido de la justicia, que no es lo mismo que la legalidad. Es lo que hace de un normal padre de familia y buen profesional un “héroe”.
El agente soviético Abel Rudolf y el actor Mark Rylance
La sincera y austera amistad que surge entre dos hombres con dos concepciones del mundo no solo diferentes sino en aquel momento histórico totalmente contrapuestas y antagónicas, basada en el respeto mutuo a sus diferentes modos de pensar, no hay diatribas ideológicas entre ellos, a la fidelidad a sus propios principios, a una coherencia personal que se mantiene aún en los momentos duros, difíciles, en los que se pone en la balanza la propia vida. Donovan siempre alega como valor de cambio para su rescate que ambos acusados, Abel, el espía soviético capturado por la CIA, y el piloto-espía estadounidense capturado por los soviéticos, no han hablado ni de su misión ni de sus conocimientos, sino que han permanecido fieles a sus respectivos países, cuando podrían haber hablado y contado todo lo que sabían para obtener beneficios, como, por ejemplo, salvar la vida.
El abogado James Donovan (1916-1970)
Donovan es un abogado de seguros, un hábil negociador, su vida responde al “american style of life”, pertenece a un prestigioso bufete de abogados, tiene una familia y viven en una linda casa, el bufete en el que trabaja ha aceptado la defensa de un espía soviético capturado, el sistema americano quiere demostrar que va a hacer uso de sus leyes y someterlo a un juicio justo, pero de antemano estamos viendo que eso es mentira, que la ideología dominante en plena guerra fría le acusa y condena porque ser comunista en aquella época era como encarnar el demonio con cuernos y rabo. Desde el bufete hasta el juez tienen la condena a priori, pero Donovan tiene que defenderlo porque cree sinceramente que es su obligación como abogado defensor y hacerlo poniendo todos sus recurso profesionales a ese fin, lo que genera no solo la animadversión de todos, sino también la incomprensión familiar. Pese a su aparente fracaso como abogado, Donovan no ceja en su intento de salvar la vida de un hombre que sí, es espía, al igual que lo será el piloto norteamericano, pero que, tanto el uno como el otro, todo lo han hecho cumpliendo el mandato de sus superiores, lo que es uno de los argumentos utilizados en el no muy lejano Juicio de Nüremberg, en el que que no se midió por igual la responsabilidad de los superiores que emitían las órdenes que la de los ejecutores que las cumplían.
Es más, cuando acepta la negociación que le pide el Gobierno de los Estados Unidos, constata la hipocresía política que, en aras de la supuesta “seguridad nacional”, no duda en pedir a sus jóvenes pilotos que se suiciden antes que revelar los secretos si caen prisioneros, y que, oficialmente, no consta en la negociación. Y constata el nulo valor que tiene la vida humana para los intereses de Estado, porque cuando un estudiante norteamericano es detenido accidentalmente en el Berlín que está siendo dividido por el levantamiento del Muro en 1961, a la CIA no le importa un estudiante que, para más inri, se ha puesto a estudiar el sistema de producción soviético y estaba en el lugar y momento equivocados. Pero a Donovan sí le importa y -aquí entra en juego algo importante- no va a respetar las reglas de juego impuestas desde arriba porque no son justas, sino que parte de sus propios principios de apostar por la vida humana y mete en el juego del intercambio también al estudiante, algo que ningún responsable gubernamental acepta de antemano, pero aquí entra su principal baza, ir apelando a la condición humana de cada uno de los personajes, igual que convence al juez estadounidense de que Abel puede valer más vivo que muerto, convence a los rusos y a los de la República Democrática Alemana, no institucionalmente, sino personalmente, en el diálogo cara a cara. Cierto que no es una habilidad que todo el mundo tiene, pero es la suya y es la que pone en juego.
La situación de los personajes no es nada nueva en la Historia, el enfrentamiento entre dos imperios en el tablero de ajedrez del mundo y la utilización de las personas como simples peones a los que fácilmente se les puede suprimir en aras de la vieja razón de Estado o de la moderna seguridad nacional. Eso nos puede generar una avasalladora desesperanza, pero, aunque los seres humanos somos muy limitados, no es menos cierto que tenemos libertad de elección, es el gran ejemplo de los héroes, los personajes más admirados en literatura o en cine, porque ellos llegan a  límites extremos, en última instancia “se juegan la vida” por sus principios. Y eso impacta, como en la anécdota que le cuenta Abel a Donovan sobre el “hombre firme”, el que es golpeado una y otra vez pero no sucumbe, permanece firme.
El agente de inteligencia soviética Rudolf Abel (1903-1971)

Abel es comunista convencido pero no deja de impactarle la honesta coherencia de un típico estadounidense capitalista como es Donovan, él no tiene recursos, es un simple prisionero que permanece leal a su país, pero sabe pintar y le hará un regalo a Donovan en el que bien pudo poner toda su vida, todo su agradecimiento y toda su amistad. Todo un contrapunto de cómo la película nos presenta inicialmente a Abel, haciéndose un autorretrato.


(1) El puente de los espías (Bridge of Spies) es una producción estadounidense de 2015, dirigida por Steven Spielberg y guion de Matt Charman y los hermanos Ethan y Joel Coen. En el papel principal, Tom Hanks, como el abogado Donovan, y Mark Rylance, como el agente de la inteligencia soviética Rudolf Abel. No caen en el olvido ni la banda sonora de Thomas Newmman ni la fotografía de J. Kaminski.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Nadie me había dicho nunca que era hijo de Dios...


El Hijo Pródigo, de Rembrandt
Una de las explicaciones que se dan, en la sociedad actual, sobre la pérdida del sentido religioso y la desaparición de Dios de la escena pública, es la configuración de una sociedad en la que se desdibuja la figura del padre. No voy a entrar ahora en tan importante tema, tan solo quiero constatar, al menos así me parece percibirlo hoy casi dos décadas después, que en mi proceso de conversión recuperar la figura de Dios Padre fue una de las primeras piedras angulares. Nací en un tiempo de España en el que, ciertamente ya no había hambre aunque manteníamos un sana austeridad de vida, muchos padres tuvieron que dejar las familias en el pueblo y salir a buscar trabajo fuera. Desconozco si hay estudios sociológicos sobre el impacto de la ausencia de la figura paterna durante tanto tiempo. Sé que los hay para Norteamérica. Tampoco importa demasiado. Sí recuerdo que mi padre era un hombre guapo, simpático y cariñoso, apenas nos reñía, y leía mucho, pero se marchó a trabajar por esas tierras de Dios cuando yo andaba por los 6 años. Sin ser huérfana si tenía un anhelo de padre que no llegué a saciar pues cuando se jubiló yo ya era una madre de familia que vivía en otras tierras. Crecí rodeada de figuras femeninas muy fuertes, el varón pasó a un plano lejano y la figura paterna quedo flotando en una nebulosa y la experiencia filial como que también. No fui el único caso de persono que creció carente de esa filialidad. Por eso creo que en mi proceso de conversión fue tan importante recuperar la figura del padre, aprender a sentirme hija y a confiar en él, máxime en una mujer como yo marcadamente feminista y antipatriarcal.

Portada del libro de la hermana Jen Prejean
Pero la ausencia del sentimiento paterno tampoco es exclusivo de las mujeres. Recuerdo leer un libro de una conflictiva persona que, al final de su vida, en unas muy dificiles circunstancias, nos habla también de esa impactante experiencia de sentirse hijo de Dios. El libro salió a la luz a comienzo de los años noventa del siglo XX. No obstante sigue siendo de actualidad1, no sólo por el tema que se pone en cuestión, la pena de muerte, sino por el propio proceso de evangelización que llevamos adelante los católicos. Si bombardeamos el mundo con mensaje religiosos que casi nadie escucha, ni nosotros mismos, o si llevamos a Jesucristo como fuente de agua viva ante esa multitud tan sedienta que vamos encontrando en el camino.

Gracias por quererme, nadie me había dicho nunca que era hijo de Dios, aunque me habían dicho muchas veces que era un hijo de puta”. Estas son las palabras que un condenado a muerte, Mathew, le dice a la Hermana Helen, que ha sido su acompañante espiritual en los últimos meses de vida, en la extraordinaria película “Pena de muerte” que nos narra y nos pone ante uno de los procesos más impactantes en relación a la experiencia del perdón y de sentirse hijo de Dios. El film pone imágenes a la espléndida novela de la hermana Jean Prejean2, religiosa que estuvo muchos años acompañando a los condenados en el corredor de la muerte de las cárceles norteamericanas.

Hermana Jean Prejean con Robert Lee Willie
Ante el condenado que solicita auxilio espiritual en sus últimos días, hay dos posturas diferentes que nos ponen en relación con dos posibles tipos de figuras paternas tras las cuales hay diferentes conceptos y experiencias de Dios: La del capellán de la prisión, respetuoso por las normas, apelando al Antiguo Testamento e invocando el logro de la administración de los sacramentos, antes de la ejecución. Y de otro lado, la de la monja, con el Nuevo Testamento en la boca, desconcertada cuando el condenado la llama y le pide ayuda, pero depositando su total confianza en Cristo. Mathew es un criminal sin paliativos, de difícil extracción social, pero al que Helen no le resta ni un ápice de su responsabilidad individual, y, pese a todo, no deja de percibirlo como hijo de Dios, quiere redimirlo por el amor del Padre, y lo consigue. Cuando el asume la responsabilidad de sus actos, la verdad le hace libre en su interior, y estallará en un torrente de lágrimas más inspiradas por la experiencia del amor de Dios, que por el sentimiento de culpa. A partir de ahí será capaz de pedir perdón a los padres de sus víctimas, y manifestar la inutilidad de la muerte de una persona a manos de otra. Todos los personajes son expuestos en sus circunstancias, se comprende cada actitud, pero en última instancia, todos somos libres, pese a nuestro dolor y nuestro sufrimiento de optar por el amor frente al odio, por el perdón frente a la violencia, por la vida frente a la muerte.

Cartel de la película de 1995
Película que me interpela profundamente, adecuada para después marcharme a un largo rato de oración, hablar sinceramente con Dios, y confesarle si realmente creo en el amor y en la vida, o creo en un sistema basado en el miedo, la represión y la muerte. Creo que Dios es mi Padre, y que es misericordioso; creo en Jesús que abolió las leyes que esclavizaban al hombre, y nos dio el mandamiento nuevo del amor... o, ¿en qué creo?.


1Carmen Martínez Hernández. “Pena de Muerte. ¿Creemos en el Dios de la vida?”, en Iglesia en Andalucía , 1 de mayo de 1996.
2Hermana Helen Prejean, CSJ. Pena de Muerte . Pena de Muerte (Dead Man Walking). Película estadounidense de 1995, dirigida por Tim Robbins y protagonizada por Susan Sarandon (Hermana Helen) y Sean Penn, (Mattew Poncelet ).

domingo, 13 de septiembre de 2015

Los Miserables. La conversión desde el perdón y la misericordia

Decía el papa Benedicto XVI1 que hay momentos en nuestra vida en los que tiene lugar un viraje, más aún, un cambio total de perspectiva. Es lo que denominamos conversión. Ésta, señalaba el Papa Rartzinger, suele ser el resultado de un proceso psicológico, de una maduración o evolución intelectual y moral, una maduración del “yo”, en otras son sucesos más o menos impactantes, como fue el caso de San Pablo quien tras encontrase con la luz del Resucitado cambió radicalmente su vida. Desde mi humilde experiencia si puedo decir que hay experiencias, como la del perdón y la misericordia, que se constituyen en el primer peldaño de la escalera del proceso de conversión.


Una vez más tomo la experiencia literaria, bien llevada al cine, como tema de reflexión. En este caso se trata de la novela de Victor Hugo Los Miserables, publicado por primera vez en 1862, en ella encontramos una buena muestra de como la experiencia de la gracia, del amor de Dios puede modificar a una persona. Y pese al tiempo transcurrido, su reformulación a través de la pantalla en 19982, no me dejó impasible.


En un lugar de Francia en los tiempos postnapoleónicos, un exconvicto llama a la puerta de una casa, al caer la noche, le abre un clérigo que le da comida y cama. De madrugada, el mendigo coge la cubertería de plata y al salir golpea al sacerdote. Por la mañana una mujer se lamenta del robo, a lo que Monseñor le resta importancia. Un rato después aparecen tres gendarmes con un hombre encadenado, dicen que éste alega haber pasado la noche allí, y que la plata es un regalo del cura. El Obispo ratifica esa versión, el ladrón es liberado y cuando quedan solos, ante el asombrado silencio del ladrón Jean Valjean, el sacerdote le añade unos candelabros de plata y le dice: “Con esta plata te librarás del miedo y del odio, con ella compro tu alma para Dios, para siempre”.

Con estas escenas comienza la película “Los Miserables”, basada en la obra de Víctor Hugo, y dirigida por Bille August. Indudablemente tan sólo utiliza de forma lineal uno de los asunto de la voluminosa obra de Hugo, pero con muy buen resultado. La relación del protagonista, el exconvicto Jean Valjean, el guardián y policía Javert, la prostituta Fantine, su hija Cosette, y algunas pinceladas sobre otros personajes importantes como el obispo Bienvenu, y el estudiante revolucionario Mario. Representando arquetipos universales.

Siempre que me acerco a un film basado en una obra literaria, no voy exenta de una cierta prevención, la de que la película nunca supera la magistral narración de la novela. Sin embargo, salí realmente entusiasmada con la película: El tratamiento del tema, la fotografía, la banda sonora, los personajes y los actores, etc. La obra literaria es amplísima y podríamos estar meses hablando sobre la multitud de personajes que aparecen, la estructura social, los sucesos históricos, etc. Pero de tantas aspectos a resaltar de Los Miserables, sólo voy a centrarme en uno de ellos, y ciñéndome sólo a la película.

En primer lugar me llamó la atención, y gratamente, que en estos tiempo de posmodernidad, incredulidad, individualismo, de desplazamiento de los valores religiosos y en los que en más de una ocasión, los obispos y los sacerdotes saltan a la prensa más por los errores que por los acierto, un director de cine se atreva, no sólo a conectar con los valores ideológicos y revolucionarios de principios del XIX, sino que destaque, en positivo, la caridad, perdón y misericordia de un obispo hacia un convicto, y la conversión de éste.

Aquel acto, además, no quedó como un acto benéfico aislado, sino que, realmente, aquel hombre excarcelado, queda tocado por la gracia para toda su vida, a lo largo de la cual pondrá en práctica no sólo la caridad, sino también la justicia. No sólo dará de comer a los pobres, sino que establecerá salarios justos en su empresa y, cuando tenga que dejarla, la repartirá entre todos los obreros. Es más, no ejercerá el mal, y evitará la violencia incluso en aquellos momentos que socialmente podría considerarse como de legítima defensa: Pudiendo liquidar a su mortal perseguidor, -un policía obsesionado por la ley y la incapacidad del malvado para rehabilitarse-, no sólo lo perdona sino que le evita la muerte.

1Benedicto XVI. La conversión de san Pablo. Audiencia General Miércoles 3 de septiembre de 2008.

2Los Miserables, película de 1998 dirigida por Bille August, adaptda de la novela homónima de Victor Hugo por Rafael Yglesias, y protagonziada por Liam Neeson, Geoffrey Rus, Uma Thurman y Claire Danes. Hubo otras versiones en 1978 y en 2012.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Tu eres mi amada. La impactante experiencia de sentirse hija querida de Dios




Decía Mons Claudio María Celli, presidente del Pontifico Consejo para las Comunicaciones Sociales que no podemos bombardear las redes sociales con mensajes religiosos sino hacernos presentes con “testimonio valiente y claro de las cosas en las que creemos, de Jesucristo”. El hombre y la mujer modernos están cansados, se sienten solos y heridos y a ellos hay que acercarse, hay que saber decirles que Dios los ama tiernamente. Los que estamos en la iglesia no somos los mejores ni los más buenos del mundo, pero sí intentamos que Jesús esté en lo profundo de nuestra vida y queremos testimoniarlo (1).
Sé que soy una mujer creyente, laica y que la Iglesia proclama el apostolado de los seglares como un derecho y como un deber, como participación en la función profética, sacerdotal y real de Cristo. Sé que me gustaría ser santa en medio del mundo, pero también soy consciente de que estoy demasiado instalada en la comodidad, y una cierta nausea de mediocridad me sube de vez en cuando. En mi apostolado me encuentro con diferentes situaciones y no siempre la misma metodología da le mismo resultado porque la personas que escuchan nunca son las mismas. Desde la docencia teológica a la catequesis he encontrado satisfacciones y decepciones. Pero lo que más me ha costado y donde más atención he encontrado es cuando hablo de mi testimonio personal, de mi propia experiencia de fe y de conversión, de como Jesús se ha ido instalando en lo más profundo de mi vida. 
En muchas ocasiones he hablad0 (2) del impacto que me generaron las palabras que oía en la eucaristía cuando decidí volver a misa, allá por año 1992, y que el sacerdote decía cada día en la eucaristía: "Pongamos sobre el altar nuestro deseo de sentirnos queridos por el Padre". Recuerdo, gratamente, como fui adquiriendo seguridad en mi vida, conforme aquella oración se convertía en experiencia que me permitía percibir el amor de los demás, y a partir de ahí, ir creciendo en capacidad de amar y, sobre todo, llegar a sentir el amor de Dios Padre como una realidad. No es un tema del que se pueda hablar con mucha gente. No obstante en frecuentes ocasiones comentaba con una amiga, Manoli, el gozo de vivir la eucaristía desde esa experiencia de amor, y también la incomprensión que generaba en otras personas. No dejábamos de sentir una cierta tristeza por aquellas mujeres que vivían y viven sus relaciones familiares o de amistades, sin una honda experiencia del amor, parece que no se sienten queridas por nadie, y en consecuencia no creen en la amistad limpia, desinteresada y, sobre todo, en libertad.
No tengo la capacidad de poner las cosas pro escrito con la belleza que lo hacen los profesionales de la escritura, pero me encanta encontrarlos. Y encantadísima quedé con Tu eres mi amado, un pequeño y precioso libro de Henri J.M. Nouwen, publicado en 1992, en el que el autor pretendía encontrar un nuevo lenguaje para hablar de espiritualidad a los hombres y mujeres que viven en medio de la sociedad secular. En él encontré páginas deliciosas sobre cómo la experiencia de sentirse amada por el Padre revela una de las verdades más profundas de nuestra existencia.
Cuando alguien revisa su vida, como yo revisé la mía y percibí la suave y silenciosa voz que, en la quietud del corazón, me decía tu eres mi amada, significa que la había escuchado en mi largo caminar, por los diversos caminos que anduve, en mi familia, en mis maestros, en mis amigas, en mis hijos, en todos los que me han cuidado con ternura, me han enseñado con paciencia, y animado a caminar cuando me sentía desfallecer. Y porque la escuché, vencí mis miedos y mis sentimientos de nulidad -que los tuve y grandes-, y he sido capaz de amar, a pesar de todas mis limitaciones, unas veces mejor que otras. Me siento amada y siento una profunda gratitud por el don recibido. Y siento que Dios me llama por mi nombre en aquel que se abre como un horizonte donde se reflejan mis sueños y mis anhelos, y me explica que el don de la gratuidad no tiene "por qués" ni "para qués".
(1) Mons. Claudio Maria Celli Entrevista concedida a ACI Prensa el 18 de noviembre en la ciudad de Lima (Perú), adonde llegó para el 13° encuentro continental de la Red de Informática de la Iglesia en América Latina (RIIAL).
(2) Mª Carmen Martínez hernández. “Tu eres mi amado, en Iglesia en Andalucía, 1 de febrero de 1996

jueves, 3 de septiembre de 2015

Envuelta en un manto de gala (Una lectura de fe de las vacaciones)



En el tórrido verano de 2015 me fui de vacaciones a mi pueblo, Requena (Valencia). Acostumbrada a las elevadas temperaturas de Córdoba las de allí, en un altiplano a 700 metros sobre el nivel del mar, fueron una delicia. En otros sitios he descrito la intensa emoción de volver a pisar lo que fue el paraíso de mi infancia, pero como mujer profundamente creyente he de decir que viví aquellos días como un auténtico regalo de Dios. 

Muchas veces volví por Requena desde que salí de ella siendo una jovencísima estudiante de 18 años, pero no tardé mucho en entrar en la vida adulta y con ella se instalaron multitud de problemas, supongo que como a todo el mundo. Marche a vivir a Andalucía y los retornos por el pueblo no dejaban de ser dolorosos, nostálgicos, añorando los tiempos pasado… pero mi vida comenzó a cambiar cuando comencé a vivirla desde la fe, y aun así fue un lento proceso. Ahora, cuando mi vida comienza un discurrir sereno, encuentro que volver a estar en mi pueblo me produce una felicidad desconocida. No ya una intensa emoción, sino una gran alegría, el gozo del encuentro con primos, con conocidos, con amigos…como si mi historia comenzase de nuevo otro gran capitulo, algo que ni siquiera había imaginado, pero que el Señor tenía en mi proyecto de vida, y ha tenido a bien explicitármelo de modo que al gusto por el terreno natal añadiese el don del afecto y la amistad.


Una de mis oraciones preferidas es el Magnificat porque no puedo dejar de proclamar las maravillas que Dios ha hecho en mí, ¡pero es que sigue haciéndolas!. Me daba cuenta que ese mes en Requena era un puro don. Papá Dios me permitía saborear mi estancia en Requena no solo con el buen vino de un paisaje y una tierra exquisita, sino con el excelente pan de la buena gente, unas personas no me recordaban, otras si, pero siempre acogedores, con otros estreché lazos en la misa diaria. Pero hay otra oración que me conmueve hasta el adn, hasta lo más profundo del alma porque me enlaza, cual cordón umbilical, con entrañables escenas de la infancia. Es la salve entonada en el templo del Carmen y por las mujeres de Requena, para mí no hay mejor coro. Ese canto del “Salve Regina” ante la Virgen de los Dolores siempre me suena a música celestial, me siento arropada por el maternal manto de la Virgen. Las eucaristías en el templo del Carmen entre semana y los domingos en El Salvador han sido una gozada. También fueron momentos gozosos descubrir los lunes las oraciones de “las caminatas de San Nicolás”, o la fiesta del Cristo del Amparo en la Villa.


El primer día que salí temprano a caminar, actividad que ya mi dni me aconseja hacer diariamente, en menos de 20 minutos estaba en el extremo del pueblo, allí donde acaba la preciosa Avenida de Arrabal. Desde la atalaya que supone aquel moderno puente que cruza la vieja carretera Nacional III, Madrid-Valencia, y conduce hasta la mismísima feria, contemplaba la hermosura del paisaje del altiplano. Los montes, los pinos, los chopos, las viñas, los cañaverales, las moreras, el río Magro... todo seguía allí. Vinieron a mi mente los versos de San Juan de la Cruz:

¡Oh bosques y espesuras plantadas por la mano del amado! !Oh prado de verduras de flores esmaltado, decid si por vosotros ha pasado!
Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura, y, yéndolos mirando, con solo su figura vestidos los dejó de su hermosura
 

Cierto que algo había cambiado, pero lo esencial, lo que a mi me unía con la ciudad en la que nací y viví hasta el inicio de la juventud seguía allí. Sentía tal emoción que ni siquiera contuve las lágrimas. El casco urbano se me quedó pequeño, necesitaba salir al campo. Una vez allí, pateando los caminos, sintiendo la felicidad a tope al sentir tan querida tierra bajo mis pies, tan hermosos paisajes ante mis ojos, el rumor del viento entre los pinos, el susurro de los chopos, el murmullo del agua.. yo sentía que Dios me envolvía en un manto de gala. Incluso en mis etapas más anticlericales no hubo momento en que contemplase el mar o los paisajes montañosos, en el que no estuviese convencida de la existencia de Dios. Ahora la mismísima Creación me envolvía amorosamente. 

Y cuando ya mi vida discurre por cauces serenos no es que ya no dude, sino que no puedo dejar de entonar el Magnificat y de recitar el salmo de Isaías. Si el profeta bíblico se alegraba ante la nueva Jerusalén, yo ante la Requena que se desplegaba ante mi, ante el gozo de pisar aquella tierra y de reencontrarme con tanta gente, no podía sino entonar un cántico con sus palabras.

Desbordo de gozo con el Señor,
y me alegro con mi Dios:
porque me ha vestido un traje de gala
y me ha envuelto en un manto de triunfo,
como novio que se pone le corona,
o novia que se adorna con sus joyas
". (IS 61, 10)

martes, 7 de julio de 2015

De la amarga agua del camino al dulce caminar

Siempre admiré a los poetas por el especial don de hacer que la más triste y negra de las experiencias, se convierta en algo realmente hermoso a través de unas palabras escritas. Y por convertir la más bella de las experiencias en algo realmente sublime. Hace muchos tiempo que dejé atrás la poesía, prefiero la prosa, excepto la lectura puntual de algún poeta. No obstante hay un tipo de poesía que me sobrecoge cada mañana, es la de los salmos y la de los himnos que encabezan los diversos tiempos del día desde la liturgia de las horas.

No se indica quien es el autor al pie de cada himno, pero una tarde quedé especialmente impactada por un himno, que llevo años y años leyendo, pero que aquella tarde, miércoles de la semana I, parecía especialmetne escrito para mi alma.
 
Amo Señor tu sendas, y me es suave la carga
que en mis hombros pusiste;
pero a veces encuentro que la jornada es larga,
que el cielo ante mis ojos de tinieblas se viste,
que el agua del camino es amarga, es amarga,
que se enfría este ardiente corazón que me diste;
y una sombría y honda desolación me embarga,
y siento el alma triste y hasta la muerte triste...
El espíritu es débil y la carne cobarde,
lo mismo que el cansado labriego, por la tarde,
de la dura fatiga quisiera reposar...
Mas entonces me miras... y se llena de estrellas,
Señor, la oscura noche; y detrás de tus huellas,
con la cruz que llevaste, me es dulce caminar.


Cuando acabé de rezar Vísperas me fui a Internet e introduje el primer verso del himno: “Amo Señor tu sendas, y me es suave la carga”. A la primera opción me salió el autor, José Luis Blanco Vega, un sacerdote jesuita.

El himno expresa nítidamente el agua amarga de un caminar con el que llevo largo tiempo. Un tiempo en el que los días no dejan de pasar volando, pero llenos de un profundo dolor que no se explicar de donde viene. Tal vez de los desencantos de la vida, de la constatación de mi pereza para las cosas de Dios, de la dificultad de la vida pastoral, de las relaciones con las personas y los grupos, de ese sentir como si todo me resbalase, que nada me motiva y nada me entusiasma. Y el mayor desasosiego es sentir que no sientes nada, como si hasta la fe te fuera ajena. Esos días en que no me gusta mi cruz y vivo como si la vida fuera un sinsentido y pese a la hermosura de los paisajes y las cosas pasas por los caminos como si todo fuera un puro desierto. Piensas en la decisión de seguir a Jesús, de vivir en la voluntad del Padre y sin embargo tu alma parece un pedernal que no se conmueve ante nada y solo percibes el profundo cansancio de la existencia, y no puedes descansar. Como dice este poeta “un sombría y honda desolación me embarga y siento el alma triste ...”. Intento recordar uno de esos días en los que miraba y me sentía mirada por el Señor, y la noche se llenaba de miríada de luces. Se que hoy no es uno de esos días, pero se que el Señor me mira y pongo toda mi voluntad en afirmar que algún otro día lo volveré a sentir. Me duelen los hombros de mi propia cruz, posiblemente liviana, pero sigo, si no en un dulce caminar, casi. Mañana, tal vez lo sea. Y mientras espero confiadamente eludo la desesperación.

domingo, 14 de junio de 2015

¿Quien nos enseña a amar?

Papa Francisco - Crédito: Bohumil Petrik (ACI Prensa)¿Quien nos enseña a amar? Se preguntaba el papa Francisco en una homilía a comienzos de 2015. Quien nos libera de la dureza de un corazón encerrado en sí mismo, sea cual sea el motivo originario de esa cerrazón, fuese cual fuese la “experiencia dolorosa” que le llevó a esa situación. El mismo papa respondía diciendo que podíamos hacer miles de cursos de espiritualidad, de catequesis, de yoga, etc. pero que sólo el Espíritu Santo es capaz de disipar, de romper esta dureza del corazón y hacer un corazón… “‘Dócil’, dócil al Señor, dócil a la libertad del amor”1
Lo que el papa comenta no es sino una constatación de lo que podemos ver en nuestro entorno, pero también, y penosamente, en nosotros mismos. ¡Ojalá podamos tomar clara conciencia de la profundidad de de esa dureza en nuestro corazón! El papa explicaba que las personas somos infelices porque no amamos, no sabemos lo que es la seguridad, no somos libres porque vivimos atenazados por el miedo a algo. En nuestra inseguridad nos atrincheramos en nosotros mismos, en nuestros círculos personales, o en la comunidad, o en la parroquia, pero siempre en actitud de “cerrazón”. Actitud que puede girar en torno al orgullo, la suficiencia, el pensar que soy mejor que los demás, la vanidad, o los hombres y mujeres espejos que se ven siempre a sí mismos continuamente. Y, encerrados en si mismos, tratan de defenderse creando muros a su alrededor, recreando mundos cerrados en sí mismos. El narcisimos religioso surge de corazones duros, cerrados, no abiertos, que se atrincheran, tratando de defenderse, tras la letra de la ley, de los mandamientos, o de cualquier otra cosa temerosos que les ocurra algún mal,muchas veces imaginario. En su desamor buscan algo que les de seguridad y acaban con una seguridad semejante a la que dan los barrotes de una cárcel, seguridad sin libertad. El papa finalizaba diciendo que quien no ama no es libre, su corazón está endurecido porque no ha aprendido a amar, para luego asegurar que “solo el Espíritu Santo es capaz de romper la dureza del corazón y hacerlo dócil al Señor”.
Cuando leí esta homilía del papa Francisco reflexioné, como en otras muchas ocasiones, sobre los procesos de aprendizaje, cómo somos “herederos” de un sinfín de usos y costumbres de nuestras familias, de nuestro entorno, en unas ocasiones buenos y también, en otros muchos aspectos, lamentables. Y la asignatura del amor no se enseña en ningún sitio. El Papa nos dice que quien nos enseña a amar es el Espíritu Santo. Lo que pasa, al menos hablo desde mi experiencia, es que tampoco se nos enseña a percibir al Espíritu Santo. Sólo cuando vas conociendo personas libres dócilmente abandonadas al hacer del Espíritu Santo, vas descubriendo que no solo son personas santas y admirablemente libres, sino personas que viven en un permanente enamoramiento de Jesucristo, y entonces piensas: “yo también quiero eso”. Pensé en cuantas personas santas, cuantos hombres y mujeres en la Iglesia han pasado por ese maravilloso estado. Conozco algunos pero ignoro muchos, y consideré que podría resultar interesante indagar en sus vidas como parte de un proceso de “aprender a amar”.
Las ciencias sociales nos ayudan a comprender que muchos de nuestros comportamientos son “heredados”, se han aprendido en el entorno familiar o social más cercano. Entonces si tuviésemos referencias de las personas que han aprendido a amar, que no solo han sido felices amando, sino que con su testimonio han dado testimonio se sentirse intensamente amadas por Jesucristo, y se han puesto al servicio de los necesitados, nos resultaría, tal vez, más fácil “aprender a amar” y entrar en esa “hoguera de amor” de la que nos hablan los santos.
Resultado de imagen de comics vidas ejemplares-novaroDe pequeña me fascinaba una colección de “tebeos”, así se llamaba entonces a los “comics”, que se denominaba Vida de Santos. A pesar de todo, en mi juventud acabé abandonando la iglesia y la práctica religiosa durante años, hasta que la Misericordia divina fue reconduciendo mi vida hasta volver al seno de la “Mater et Magistra”. Soy conscientes que aquí y ahora, en una cultura jaleada por el laicismo, lo que voy a decir va contracorriente, pero he de confesar que siempre me encantó andar por el filo de la navaja y nunca me gustó aceptar lo que consideraba indebido, por muy consensuada que estuviera por la mentalidad de la mayoría social dominante. La Iglesia en esta “desnortada” Europa, España incluida, no es un valor en alza, muchos católicos no se atreven -o no nos atrevemos- a confesarlo en público por temor a ser poco valorados, incluso marginados. Cierto que el peso de la historia incide negativamente en esta Iglesia de Europa, pero yo prefiero quedarme con esa poderosa corriente de luz, verdad, belleza, sabiduría que Jesús puso un día en manos de la Iglesia y que ella, con todas sus limitaciones humanas, pese a los pecados de todos los que la integramos, nos sigue transmitiendo. Y su historia está plagada de hombres y mujeres que encontraron el sentido de la vida en el Amor, y desde él transmitieron amor a todo su alrededor poniéndose al servicio de los más necesitados.
Las palabras del Papa no solo me parecen acertadísimas, sino también una preciosa invitación a chequear mi corazón y ver que temperatura de amor tiene. ¿Quien no quiere vivir un permanente amor de abril y mayo? ¿Quien no quiere vivir locamente enamorado como vivieron –como viven- tanto santos en la hoguera de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo?.
1VATICANO, 09 Ene. 15 / 09:47 am .-https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-ni-mil-cursos-de-yoga-te-daran-la-libertad-de-hijo-de-dios-23894